Sin novedad en el frente

por Erich Maria Remarque

CAPÍTULO VI

Se murmura algo sobre una ofensiva. Vamos hacia el frente dos días antes que otras veces En el camino, pasamos por una escuela destrozada. A lo largo de uno de sus muros hay amontonada una pared doble y alta de ataúdes, completamente nuevos, blancos y sin pulimentar. Huelen todavía a resina y a pino. Hay cien, por lo menos.

- Pues sí que han preparado bien la ofensiva - dice, sorprendido, Müller.

- Son para nosotros - gruñe Detering.

- ¡Pelma! - chilla Kat.

- ¡Y aún puedes alegrarte si encima te dan caja! - dice, riendo, Tjaden, en son de mofa. - porque a ti, con tu figura del pim pam pum, sólo debían envolverte en un trozo de lona.

También los otros hacen chistes, unos chistes fúnebres. Pero ¿qué otra cosa vamos a decir? Porque, en efecto, los ataúdes son para nosotros. Para cosas así, la administración funciona estupendamente.

Se percibe un sordo hervor por todas partes. En la primera noche procuramos orientarnos. Como hay bastante silencio, podemos escuchar el continuo rodar de los camiones detrás de la otra línea, hasta el amanecer. Kat dice que no se marchan; es que traen más fuerzas: tropas, municiones, cañones.

Han reforzado la artillería inglesa; en seguida nos damos de ello cuenta. A la derecha de esa alquería hay, por lo menos, cuatro baterías de 20,5 más. Detrás del tronco de un chopo han instalado lanzaminas. Además, han agregado algunos pequeños cañones franceses de granadas rompedoras.

Tenemos deprimido el ánimo. Dos horas después de instalarnos en el refugio subterráneo, nuestra propia artillería mete sus granadas en nuestra trinchera. Es la tercera vez que ocurre en cuatro semanas. Si se tratase de un error de puntería, nadie diría nada: pero es que los cañones están desgastados; así que las granadas caen en nuestro mismo sector, tan inseguros son a veces los disparos. Esta noche hay dos heridos por esa causa.

* * *

El frente es una jaula en la que hay que esperar, nerviosos, los acontecimientos. Estamos como detrás de un enrejado de granadas que van cayendo; vivimos en plena e intensa incertidumbre. Sobre nuestras cabezas planea la casualidad. Si viene un proyectil, puedo agacharme; pero no sabe hacer más. No puedo adivinar dónde ha de caer, no puedo influir en su trayectoria.

Este azar nos hace indiferentes Hace unos meses, estaba yo sentado en un refugio subterráneo, jugando a la baraja. Un rato después me levanté e iba a visitar a unos amigos que estaban en otro subterráneo. Cuando volví, no quedaba nada del primer refugio; estaba destrozado completamente por un proyectil de gran calibre. Me volví al otro y llegué a tiempo para desenterrarlo. En aquel intervalo, una explosión había desmoronado su entrada.

El mismo azar que me trae una bala, me hace quedar con vida. Quizá quede triturado en un subterráneo construido sólidamente con hormigón, y puedo salir sin un rasguño de diez horas de fuerte fuego de artillería, en pleno campo. Cada soldado conserva la vida por una trama de mil casualidades. Y cada soldado cree, espera en la casualidad.

* * *

Tenemos que cuidar bien de nuestro pan. Recientemente, las ratas han aumentado mucho desde que las trincheras están peor conservadas. Detering piensa que esta es la señal más segura de que pronto habrá jaleo.

Las ratas de por aquí son singularmente repugnantes por su tamaño. Es la especie que llaman "ratas de cadáver". Tienen una horrible facha, de cara maliciosa, desnuda; se marea uno al ver aquellas largas colas sin pelo.

Parece que están muy hambrientas. Se han comenzado a comer el pan de casi todos. Kropp lo tiene envuelto en un pedazo de lona de tienda, que se metió bajo la cabeza; pero, con todo, no puede dormir, porque las ratas se deslizan por su cara para llegar al pan. Detering pretendió ser más listo; tenía fijo en el techo un fino alambre y colgaba de él un paquete con el pan. Cuando a la noche encendió su lámpara de bolsillo, vio oscilar el alambre. En el pan se había montado una rata enorme.

Queremos, por fin, poner término a esto. Los trozos de pan que fueron roídos por los bichos, los recortamos cuidadosamente; no podemos desperdiciar todo el pan, porque, de otro modo, nada tendríamos que comer mañana.

Los trozos cortados se ponen juntos en el suelo, en el centro. Cada uno saca la pala, y se acuesta dispuesto a dar golpes. Detering, Kropp y Kat tienen preparadas sus lámparas de bolsillo.

Minutos después oímos el primer runruneo de los bichejos. Crece. Son muchas menudas patas De repente, brillan las lámparas, y todos golpean a un tiempo en el montón negruzco, que se dispersa rápidamente. Un feliz éxito. Con las palas arrojamos los pedazos de rata por encima del parapeto, y de nuevo nos ponemos a acechar.

Aún repetimos la treta algunas veces, con igual éxito. Pero los animalejos se dan cuenta, o han olido la sangre. No vuelven más. Sin embargo, a la mañana siguiente, el resto del pan que había en el suelo ha desaparecido: se lo han llevado las ratas.

 En el sector próximo han atacado a dos gatos y un perro. Los mataron a dentelladas y empezaron a comérselos.

* * *

Al día siguiente hay queso de bola. Recibimos cada uno cerca de la cuarta parte de un queso. No está mal, en parte, porque el queso de bola es muy sabroso. Pero tiene un aspecto malo; porque estas grandes bolas rojas fueron para nosotros siempre hasta ahora, el signo de un grave apuro. El presentimiento crece cuando nos reparten aguardiente. Por lo pronto, nos lo bebemos; pero por eso no nos devuelve el buen humor.

Durante el día tiramos en competencia a las ratas, holgazaneamos. Se aumentan las existencias de cartuchos y de granadas de mano. Nosotros mismos revisamos las bayonetas; porque hay algunas que, por el borde no afilado, están construidas como sierras. Si los de allá le cogen a uno con tal arma, le matan sin remisión. En el sector inmediato se hallaron soldados nuestros a quienes habían cortado las narices y pinchado los ojos con estas sierras bayonetas. Luego les habían llenado de serrín nariz y boca, y así se ahogaron.

Algunos reclutas aún tienen bayonetas de esta clase. Se las quitamos y les procuramos otras.

Realmente, la bayoneta ha perdido importancia. En los ataques suele ya ser moda el salir sólo con palas y granadas de mano. La pala afilada es un arma más ligera y de muchas más aplicaciones. No sólo se puede empujar con ella por debajo de la barba, sino que, ante todo, se puede andar a golpes. Tiene más éxito; especialmente si el golpe se asesta entre el hombro y el cuello, es fácil abrir hasta el pecho. La bayoneta suele quedar clavada al dar el pinchazo, y luego es preciso dar al otro una fuerte patada contra la barriga para soltárselo. Entretanto es fácil ser uno mismo herido. Además, suele romperse, a veces, la misma bayoneta.

Por la noche dan la voz de "¡gas!" Esperamos el ataque con las mascarillas puestas, preparados a arrancarlas tan pronto como surja la primera sombra.

Amanece. No ocurrió nada. Sólo el constante rodar de vehículos en el frente de allí. Trenes, trenes, camiones, camiones...i ¿Qué es lo que va allí concentrándose? Nuestra artillería dispara sin tregua; pero ese ruido no cesa, no cesa. Hay mucha fatiga en nuestros rostros, esquivamos los ojos.

- Ocurrirá como en el Somme - dice Kat, sombrío. - Allí teníamos después fuego continuo siete días con sus noches.

Ya no tiene ingenio, desde que estamos aquí. Y esto es mala señal, porque Kat es un viejo zorro del frente, que ventea el mañana. Sólo Tjaden se alegra, porque habrá grandes raciones y ron. Llega a opinar que volveremos con toda tranquilidad, que no ocurrirá nada.

Va pareciendo así. Pasa un día. Otro. Estoy sentado una noche en un pozo de tirador, de centinela-escucha. Sobre mí cruzan los cohetes, los paracaídas luminosos, arriba y abajo. Estoy lleno de cautelas, en tensión, con el alma en un hilo. Cada instante, se fijan mis ojos en la esfera luminosa del reloj, pero las manecillas no quieren avanzar. Cuelga el sueño de mis párpados; muevo los dedos de los pies, dentro de las botas, para continuar despierto.

Nada ocurre hasta mi relevo. Sólo el pertinaz rodaje de allá enfrente. Poco a poco, nos tranquilizamos, jugamos, sin cesar, a la baraja. Quizá tengamos suerte.

El cielo se llena durante el día de globos cautivos. Dicen que van a emplear también los tanques, desde allí aquí, y aviadores de infantería durante los ataques. Pero esto nos importa menos de lo que se cuenta de los nuevos lanzallamas.

* * *

Despertamos a media noche. Truena la tierra. Sobre nosotros, un terrible fuego. Nos apretujamos en los rincones. Podemos distinguir proyectiles de todos los calibres.

Cada uno coge sus bártulos, se cerciora de nuevo, se vuelve a cerciorar de que lo tiene todo a mano. Tiembla el subterráneo. Toda la. noche es un rugido y un relámpago. Nos miramos a cada ráfaga - que dura unos segundos; - meneamos las cabezas, con caras lívidas, con los labios apretados.

Todos nos damos cuenta de cómo la gruesa metralla va arrancando los bordes de la trinchera, cómo destroza las escarpas y rompe los bloques cimeros de hormigón. A veces, el estruendo es más sordo y violento; parece el zarpazo de una fiera que bufa: es que la explosión se produjo en la misma trinchera. A la mañana algunos reclutas están verduscos, se vomitan... Son todavía muy poco expertos.

Se filtra lentamente una luz gris, macilenta, en la galería, empalideciendo cada vez más el fulgor de las explosiones. Ha venido la mañana. Se mezclan al fuego de artillería, explosiones de minas. Ninguna tan horrenda convulsión como la frenética sacudida que producen. Donde caen, se abre el sepulcro, para muchos.

Salen los relevos. Vuelven, tambaleándose, los observadores. Uno se recuesta, mudo, en un rincón, y comienza a comer; otro, de los de la reserva, solloza: dos veces ha sido lanzado por encima del parapeto, empujado por la presión del aire, sin padecer otra cosa que un ataque de nervios.

Le miran los reclutas. Algo así es contagioso; hay que poner cuidado. Ya empiezan algunos labios a temblar, convulsos. Menos mal que amanece; quizá el ataque sea por la mañana.

No amengua el fuego. También lo hay detrás de nosotros. Tan lejos como llega la vista, brotan surtidores de barro y metralla. Cubren las granadas un sector muy amplio.

No llega el ataque, pero las granadas caen sin cesar. Poco a poco, nos vamos quedando sordos. Ya no habla casi nadie. Ni puede escuchar al otro.

Nuestra trinchera casi ha desaparecido. En muchos puntos sólo alcanza a medio metro de altura; está interrumpida por agujeros, por embudos, por montículos de tierra. Frente a la entrada de nuestra galería estalla una granada. Todo se oscurece al punto. Estamos sepultados, tenemos que ir desenterrándonos. Una hora después la entrada queda libre de nuevo, nos serenamos un poco, porque hubo que trabajar.

El comandante de la compañía penetra allí a gatas, informa de que han desaparecido dos subterráneos. Los reclutas se calman al verle. Dice que se intentará esta noche traer comida.

Esto consuela un poco. Nadie ha pensado en comer, excepto Tjaden. Algo se acerca, desde fuera. Si piensan traer víveres, no irá esto mal, se dicen los reclutas. No ponemos obstáculos; sabemos que los víveres son tan importantes como las municiones, y que sólo por esto deben ser traídos.

Pero esto no se logra. Sale una segunda expedición y también vuelve sin nada. Por fin, va con ellos Kat, y también él regresa sin conseguir su objeto. Nadie puede pasar. Ni el rabo de un perro es lo bastante delgado para burlar este fuego.

Nos apretamos más nuestros cinturones hasta el ojal del hambre, y masticamos cada bocado tres veces. Pero, con todo, esto no basta. Tenemos un hambre canina. Me reservo un poco de corteza de pan. Me como lo blando, y la corteza vuelve a la bolsa. De vez en cuando, voy royéndole un poquitín.

* * *

La noche es insoportable. No podemos dormir, y nuestros ojos amodorrados se fijan en un punto frontero. Tjaden lamenta haber malgastado los pedazos de pan roídos por las ratas. Hubiéramos debido guardarlos con calma. Ahora, todos los comerían. También nos falta el agua, pero aún no tanto.

Cerca del amanecer, cuando, todo está aún en sombras, nos aguarda una emoción. Llega por la entrada un tropel de ratas que trepa brincando por las paredes. Alumbran el barullo las lámparas de bolsillo. Todos dan gritos, blasfeman, golpean con las palas. Es una explosión de rabia, de desesperación de muchas horas, que estalla ahora. Los rostros están desencajados, se agitan los brazos, chillan los animalejos. Cuesta trabajo acabar; preferiríamos lanzarnos a un mutuo ataque. Esta fiebre nos deja cansados. De nuevo nos acostamos, seguimos esperando. Es milagroso que en nuestro refugio aún no se hayan producido bajas. Es uno de los pocos subterráneos profundos que se conservan.

 Penetra un suboficial. Trae consigo pan. Tres hombres tuvieron suerte; se pudieron deslizar de noche y traer algunos víveres. Cuentan que el fuego se enfila constantemente, y muy nutrido, hasta el emplazamiento de la artillería. Es un enigma de dónde han sacado, al otro lado, tantos cañones.

Tenemos que esperar, esperar. A mediodía ocurre algo de lo que yo pensé. Uno de los reclutas padece un ataque. Yo le había observado largo tiempo, cómo movía sin cesar los dientes, cómo abría y cerraba los puños. Conocemos ya bien estos ojos fatigados, saltones. Ultimamente, sólo en apariencia, era tranquilo. Estaba sumido en sí mismo, hendido como un árbol que se pudre.

Ahora se levanta: no quiere ser advertido, pasa agachándose; se queda parado un momento y se acerca rápidamente a la salida. Me vuelvo, y pregunto:

- ¿Adónde vas?

- Vuelvo al momento - dice, y quiere pasar junto a mí.

- Espera un poco. Ya disminuye el fuego.

Se pone a escuchar, y su mirada brilla un instante. Enseguida se le enturbia de nuevo, como la de un perro rabioso, y quiere echarme a un lado.

- Un minuto, camarada - grito.

Kat se da cuenta. Y a tiempo que el recluta me da un empujón, él le agarra, y entre los dos lo retenemos. Comienza a gritar:

- ¡Dejadme, dejadme! ¡Quiero salir de aquí!

No oye a nadie y da golpes a diestro y siniestro. Tiene húmeda la boca; le brotan atropelladamente palabras masculladas, sin sentido. Un ataque de "pánico de trinchera". Siente que aquí se ahoga, y sólo conoce el afán de salir. Si se le dejara marchar, correría sin precaución alguna hacia cualquier parte. No sería el primero.

Como se va enfureciendo, y sus ojos están ya desorbitados, no hay otro remedio que golpearle para que recobre el conocimiento. Rápidamente, lo ponemos en práctica, sin compasión, y logramos que, por lo pronto, se quede sentado, tranquilo. Los demás han quedado pálidos al ver lo ocurrido; esperamos que esto sirva de escarmiento. Este fuego graneado es excesivo para los pobres muchachos. Acaban de llegar desde el campamento de instrucción, y, al momento, se han metido en un embrollo capaz de cubrir de canas la cabeza del más avezado.

El aire enrarecido nos deprime aún más los nervios después de esta escena. Vivimos como en nuestra propia tumba abierta: sólo esperamos a que se nos cierre del todo.

De repente, un aullido, un terrible fulgor. Crepita el subterráneo por todos sus ángulos, bajo una granada. Afortunadamente era ligera, han podido resistirla los bloques de hormigón. Un ruido metálico espantoso. Se estremecen las paredes. Fusiles, cascos de acero, tierra, barro, polvo, todo vuela. Penetra una humareda de azufre. Si hubiésemos estado en uno de esos otros refugios poco sólidos, como tienen que ser construidos últimamente, nadie viviría aquí en este momento.

El resultado es, con todo, fatal. El recluta de antes comienza otra vez a delirar. Se le juntan otros dos. El uno escapa y corre por afuera. Nos cuesta trabajo contener a los otros dos. Me lanzo ahora detrás del fugitivo, pensando en si debo dispararle un tiro en las piernas... Pero se oye un estrepitoso silbido, me arrojo al suelo... Cuando me levanto veo incrustados en la pared de la trinchera cascos humeantes de granada, piltrafas de carne, trozos de uniforme... Regreso a la galería.

El primer recluta parece haberse vuelto loco de veras. Se lanza de cabeza contra el muro, como un chivo, si le dejamos libre. A la noche, habrá que intentar llevarle atrás. Por ahora le atamos; pero de tal modo que podamos soltarle si viene el ataque del enemigo.

Kat propone que juguemos a la baraja. ¿Qué vamos a hacer si no? Quizá es más fácil entonces. Pero no podemos. Se va nuestra atención hacia cada estallido que se produce más cercano; nos equivocamos en las bazas, no servimos el palo... Hay que dejar el juego. Estamos como sumergidos en una caldera que resuena terriblemente a los martillazos que le dan por todas partes.

¡Otra noche! La suma tensión nos embrutece. Tensión mortal que nos araña como una navaja mellada, a lo largo de nuestra médula. Las piernas no pueden más. Tiemblan nuestras manos. Todo el cuerpo es sólo una epidermis delgada sobre una locura a duras penas contenida, sobre un rugido persistente próximo a romper todos los frenos. Ya no hay carne en nosotros, ya no hay músculos. Nos da miedo hasta el mirarnos, porque no estalle algo insospechable... Nos mordemos los labios. Pasará...i Quizá nos salvemos.

* * *

Cesan de pronto las explosiones cercanas. Continúa el fuego, pero ha retrocedido. Está libre nuestra trinchera. Cogemos las granadas de mano, las arrojamos fuera del refugio y saltamos también nosotros. Ha cesado el fuego de tambor; en cambio, hay detrás de nosotros una densa cortina de fuego para impedir la llegada de refuerzos. Aquí está ya el ataque.

Nadie creería, que aún pudiese haber hombres vivos en este desierto destrozado; pero van surgiendo de todas partes los cascos de acero; y, cincuenta metros más allá de nosotros, ya han emplazado una ametralladora que al punto comienza a tabletear.

Están rotas por completo las alambradas. Pero aún ofrecen obstáculos. Vemos avanzar a los que atacan. Nuestra artillería está en funciones. Chirrían las ametralladoras, chispean los fusiles. Desde la otra banda, intentan acercarse. Haie y Kropp comienzan con sus granadas de mano; las arrojan con la máxima rapidez que pueden. Se las vamos dando ya preparadas. Haie alcanza a sesenta metros; Kropp, a cincuenta. Esto ya está demostrado y es esencial. Los de allá no pueden sacar mucho partido de su avance mientras no lleguen a treinta metros.

 Reconocemos los rostros desencajados, los cascos planos. Son franceses. Alcanzan ya a los restos de la alambrada, ya tienen bajas visibles. Toda una fila cae bajo las descargas de la ametralladora a nuestro lado; después se producen varios entorpecimientos al disparar, y, entretanto, ellos avanzan.

Veo cómo uno cae ante la alambrada en un pozo de espinos, levantando mucho la cara, hundiéndosele el cuerpo, con las manos colgadas arriba como en actitud de orar. El cuerpo se le separa totalmente de los brazos; únicamente las manos, seccionadas por la metralla, quedan colgadas de los alambres con algún harapo del brazo.

 En el momento de retroceder nosotros, se alzan ante mí, del suelo, tres caras. Bajo uno de los cascos, veo una barba puntiaguda, dos ojos fijos en los míos. Levanto el brazo, pero me es imposible arrojar la granada hacia esos ojos tan extraños. Un instante frenético, toda la batalla gira como un circo fantástico en torno mío y de esos ojos, únicos puntos inmóviles. Después se mueve allí la cabeza, una mano, un ademán, y entonces mi granada vuela hacia allí, adentro.

Retrocedemos corriendo, arrojando hierros con alambre de espinos en la trinchera y dejando caer tras de nosotros granadas de mano a punto de estallar, que nos aseguran con sus explosiones la espalda. Desde la próxima posición, siguen disparando las ametralladoras.

Nos convertimos en bestias peligrosas. No luchamos conscientemente, nos defendemos a la desesperada contra el aniquilamiento. No lanzamos nuestras granadas contra otros hombres - ¿qué sabemos, en aquel trance, de esas cosas?; - es la Muerte quien corre tras nosotros, agitando furiosa manos y yelmos. Por primera vez desde hace tres días podemos verla cara a cara; por primera vez desde hace tres días podemos combatir contra ella; sentimos una inconcebible furia, ya no estamos tendidos, a la espera, como desvanecidos sobre un cadalso; podemos destruir y matar para salvarnos y vengarnos.

Nos agachamos detrás de cada esquina, detrás de cada puesto de alambrada, y lanzamos a los pies de los que vienen manojos de explosivos, antes de huir. Las detonaciones de las granadas de mano son como un estimulante para nuestros brazos y nuestras piernas; nos curvamos a ras de tierra, como gatos, sumergidos en esa ola que nos lleva en sus lomos, que nos hace crueles, salteadores de caminos, asesinos, demonios, si se quiere, en esa onda que multiplica nuestro vigor con el miedo, con la rabia con la sed de vivir; que nos busca y nos conquista la salvación. ¡Y aunque tu mismo padre viniese con los de allá, no titubearías en lanzarle al pecho tu granada!

Abandonamos las trincheras más avanzadas. ¿Son aún trincheras? Están deshechas, aniquiladas... Sólo son pedazos de trinchera, agujeros unidos por zanjas, nidos de embudos. Nada más. Pero las bajas de los de allá van en aumento. No contaron con tanta resistencia.

* * *

Mediodía. El sol es asfixiante. Nos muerde el sudor en los ojos; nos lo secamos con la manga; a veces se mezcla con sangre. Se acerca la primera trinchera, algo mejor conservada. Está ocupada, preparada para el contraataque. Nos acoge. Y, entonces, nuestra artillería intensifica el fuego, pone fin al ataque,

La otra línea comienza a estacionarse. No puede adelantar más. El avance queda paralizado por nuestra artillería. Acechamos. El fuego salta cien metros más allá, y ahora nos lanzamos nosotros al ataque. A un cabo que está junto a mí, le rebanan la cabeza. Corre todavía unos pasos, mientras le brota del cuello un surtidor.

No llegamos por completo al cuerpo a cuerpo. Los otros tienen que retirarse. De nuevo volvemos a nuestros pedazos de trinchera y nos adelantamos más allá.

¡Oh, tener que volver! Se alcanzan las posiciones de reserva, protectoras; quisiera uno sobrepasarlas, desaparecer. Pero hay que dar otra vez la cara, hay que volver y hundirse de nuevo en ese horror. Si no fuésemos autómatas en estos momentos, quedaríamos tumbados, exhaustos, sin voluntad. Pero nos sentimos arrastrados otra vez hacia adelante, también sin voluntad; pero frenéticos, locos, salvajes. Queremos matar, porque ahora son los de allá nuestros enemigos personales; sus fusiles y granadas nos apuntan... Si no los destrozamos, nos destrozan.

La parda tierra, esta tierra hecha jirones, hendida, que rebrilla grasienta bajo el sol, es el fondo de estos seres autómatas sombríos, que no descansan; nuestro jadeo es el crujido del resorte que empuja; están los labios secos; la cabeza más hueca que después de una noche de embriaguez... Así avanzamos, medio cayéndonos, sintiendo cómo en nuestras almas, horadadas como una criba, se va introduciendo, insistente, torturadora, la imagen de la tierra parda bajo el sol grasiento, con sus soldados aún palpitantes unos, otros muertos, que están aquí y allí tendidos, como si ello tuviese que suceder así, que intentan agarrarnos por las piernas, que gritan cuando brincamos por encima de ellos.

Hemos perdido toda noción de sentimientos para con nuestros camaradas. Apenas nos reconocemos, cuando, por azar, ven los ojos de uno, la imagen del otro. Somos cadáveres insensibles que aún pueden correr y matar por algún truco, por algún peligroso hechizo.

Un joven francés se queda atrás. Le alcanzan. Levanta los brazos. En una mano hay un revólver. No sabemos si quiere disparar o entregarse. Un golpe de pala le parte el rostro. Otro lo ve y pretende seguir huyendo; pero una bayoneta se le hinca, silbando, en las espaldas. Da un gran brinco, abriendo los brazos, con la boca desmesuradamente abierta y gritando. Corre, tambaleándose; la bayoneta oscila en sus espaldas. Un tercero arroja el fusil, se arrodilla, se cubre los ojos con las manos. Y queda atrás, con otros prisioneros, para transportar heridos.

De pronto, en nuestra persecución llegamos a las líneas enemigas.

Tan cerca estamos de los que ceden, que logramos llegar todos casi al mismo tiempo. Así que tenemos pocas bajas. Ladra una ametralladora, pero una granada de mano le envía el pasaporte. Pero bastaron esos pocos segundos para producir en los nuestros cinco heridos en el vientre. Kat, de un culatazo, hace papilla la cara de un tirador de la ametralladora que había quedado indemne. Los demás son muertos a bayonetazos, sin darles tiempo a servirse de sus granadas de mano. Luego nos bebemos con afán el agua del refrigerador de la ametralladora.

Por todas partes se oye un ruido de tenazas que cortan alambre. Caen tablas por encima de las estacas del alambrado. Y pasando por estos desfiladeros saltamos a las trincheras. Haie mete su pala en la garganta de un gigantesco francés, y arroja la primera granada de mano. Unos segundos nos escondemos detrás de un parapeto; luego está libre el trozo recto de la zanja ante nosotros. El proyectil siguiente es arrojado oblicuamente, por encima de un recodo, y nos deja limpio el camino; vamos corriendo, arrojando verdaderos paquetes de granadas en los subterráneos. La tierra se mueve, crepita, gime, echa humo. Resbalamos por húmedos jirones de carne sobre cuerpos blandos... Yo caigo en un vientre abierto, en el que yace un quepis de oficial, nuevo y limpio.

El combate se paraliza. Se pierde el contacto con el enemigo. Por si no pudiéramos sostenernos aquí mucho tiempo, dan la orden de retirada a nuestra posición, bajo la protección de nuestra artillería.

Apenas conocemos la orden penetramos volando en los próximos subterráneos para atrapar conservas, lo que caiga más a mano, sobre todo latas de "Corned-beef" y mantequilla, antes de escabullirnos.

Llegamos sin novedad atrás. Por hoy acabó el ataque de allí enfrente. Más de una hora estamos tendidos, jadeantes, reposando, sin hablar. Tan completamente agotados, que no se piensa, a pesar de sentir mucha hambre, en abrir las latas de conserva. Lentamente recuperamos algo así como la calidad de hombres.

El "Corned-beef" de allí es famoso en todo el frente. A veces llega a ser la razón principal de un rápido ataque nuestro. Porque, generalmente, nuestra alimentación es mala. Siempre tenemos hambre.

En total, hemos atrapado cinco latas. La gente de allá se nutre espléndidamente. Es una delicia su alimentación, comparada con la nuestra, pobres hambrientos con nuestra mermelada de remolacha. Allá hay carne por todas partes; sólo hace falta echarle el guante. Haie atrapó además un largo pan francés y lo metió en su cinturón, como una pala. Por un extremo está un poco ensangrentado; pero esto se puede cortar.

Es una suerte poder ahora comer bien. Necesitamos de nuestras fuerzas. Comer bien es tan valioso como un buen refugio. Sentimos esta avidez, porque eso nos puede salvar la vida.

Tjaden cogió también dos cantimploras llenas de coñac. Pasan de mano en mano.

* * *

Comienza el bombardeo vespertino. Viene la noche, y se alzan brumas de los embudos como si en estos nidos se incubasen misteriosos espectros. El vaho blanquecino comienza por rastrear, temeroso, antes de decidirse a sobrepasar los bordes. Luego se tienden, de embudo a embudo, largas fajas de nubes.

Se siente frío. Estoy de centinela y contemplo fijamente las sombras. Estoy abatido, como siempre que ha acabado un ataque. Por esto se me hace tan difícil quedarme solo con mis pensamientos. No son precisamente pensamientos; son recuerdos que ahora me acosan, que aprovechan mi debilidad para embrollar mi espíritu.

Suben los cohetes luminosos... Ante mí flota una visión... Es una tarde de verano. Estoy en el claustro de la catedral, mirando unos rosales en flor que crecen en el centro del jardinillo claustral, donde están sepultados los canónigos. Alrededor, estatuas de piedra de los misterios del rosario... Nadie... Un gran silencio anega este cuadrilátero florido. El sol calienta las piedras enormes, grises. Pongo sobre ellas la mano y siento su calor. Sobre el ángulo derecho del tejado de pizarra sube la torre verde de la catedral, hendiendo el azul tierno de la tarde,

Entre las columnitas resplandecientes que rodean el jardín está aprisionada esa fresca oscuridad que únicamente poseen los templos. Allí estoy, pensando en que he de llegar a conocer, cuando cumpla veinte años, esas cosas desconcertantes que sugieren las mujeres.

Está el espectro tan cerca, que me asusta, llega a palparme, antes de esfumarse bajo la inmediata bola fulgurante.

Cojo mi fusil y lo coloco en su sitio. Tiene húmedo el cañón; coloco mi mano sobre él; aprieto, desmenuzo la humedad entre mis dedos.

En los prados, más allá de nuestra ciudad, a orillas de un arroyo, crecía una fila de viejos álamos. Eran visibles desde lejos, y aunque sólo los había a un margen, se llamaban "la alameda". Ya de niños sentíamos predilección por ellos. No sé por qué nos atraían; pasábamos días enteros a su lado, escuchando su leve murmullo. Nos sentábamos a su sombra, en la orilla del arroyo, y dejábamos colgados los pies en la onda clara y precipitada. El fresco aroma del agua, la música del viento en las ramas, se hacían dueños de nuestra fantasía. Les amábamos. El espectro de aquellos días me conmueve antes de verle huir.

Cosa extraña. Los recuerdos que se agolpan tienen dos características: vienen siempre enfundados en silencio; esto es en ellos lo más fuerte. Aunque las impresiones de entonces no fuesen silenciosas como ahora se presentan, hoy producen este efecto. Mudas apariciones cuyo idioma es la mirada, el ademán... Y su silencio es lo que me empuja a apretar mi brazo y mi fusil, para no dejarme disolver a mí mismo en esta nebulosa tentadora en que uno quisiera disgregarse, desmoronarse dulcemente hacia los oscuros poderes del más allá.

 Son tan silenciosas esas imágenes porque hoy nos son incomprensibles. Nunca hay silencio en el frente, y su zona es tan extensa, que siempre estamos dentro de ella. También en los depósitos y campamentos de descanso de más atrás hay siempre un lejano murmullo, sordos rugidos. Nunca estamos tan lejos que no lo oigamos del todo. Y en estos días era inaguantable.

El silencio de esas imágenes es la causa por qué me despiertan no tanto nostalgias como tristeza... Una inmensa, una desconcertante melancolía. Fueron. Pero no volverán. Pasaron. Son otro mundo que ya no existe para nosotros. En el patio del cuartel provocaron un rebelde y furibundo deseo, porque aún estaban en contacto con nosotros; les pertenecíamos, nos poseíamos mutuamente, aun en la separación. Botaban entre las coplas del soldado, que cantábamos en las marchas, al amanecer, entre negras siluetas del bosque, rumbo al campo de maniobras. Era aquello una vehemente evocación que estaba dentro de nosotros, que fluía de dentro de nosotros.

Pero aquí, en las trincheras, hemos perdido esas imágenes. Ya no brotan de nosotros, hemos muerto. El recuerdo viene de lejos, del horizonte, como una aparición, como un brillo fascinador que nos tienta. Un resplandor que tememos y amamos sin esperanza. Es poderoso y poderoso es nuestro deseo; pero ese recuerdo es invisible; lo sabemos. Es tan vano como la esperanza de ser general.

Y aunque nos trajesen de nuevo estos prados de nuestra juventud, apenas sabríamos qué hacer con ellos. Esas fuerzas de oculta ternura que manaban de uno para otro, ya no pueden volver. Podríamos pasear de nuevo por esos territorios, permanecer en ellos; los recordaríamos, los querríamos, nos conmovería acaso verlos... Pero sería como tener ante los ojos pensativos la fotografía de algún camarada muerto. Sus facciones, su fisonomía, los días que con él vivimos, adquieren en nuestro pensamiento una sombra de vida. Pero aquello no es él mismo.

No estaríamos ya encadenados a esas praderas de nuestra juventud, como lo estuvimos. Porque no fue el conocer sus bellezas, su atmósfera, lo que nos seducía, sino lo común entre ellos y nosotros, ese sentimiento armónico de fraternidad entre las cosas y nuestro íntimo ser. Eso que siempre nos limitó, que siempre nos hizo algo incomprensible el mundo de nuestros padres. De algún modo estábamos siempre confundidos, subyugados por aquel sentimiento; lo más insignificante pudo llevarnos alguna vez a las puertas de lo infinito... Quizá fue sólo el privilegio de ser jóvenes; no veíamos aún límites; nunca confesamos un límite. Teníamos la acometividad de la sangre, que nos identificaba con el fluir del tiempo.

Hoy andaríamos por los prados de nuestra juventud como viajeros. Nos han consumido las realidades. Conocemos las diferencias como los mercaderes; las necesidades como los carniceros. No somos ya despreocupados. Vivimos en una horrible indiferencia. Podríamos estar allí; pero ¿viviríamos allí?

Abandonados como niños, expertos como viejos; brutos, melancólicos, superficiales... Creo, que estamos perdidos.

* * *

Se enfrían mis manos, corren por mi piel gotas de hielo, aunque la noche es suave. Sólo la refresca la niebla, esta lúgubre niebla, que se arrastra sobre los cadáveres ante nosotros, y les chupa lo último, lo más recóndito de su vida que aún conservan. Mañana estarán verduscos, lívidos. Su sangre estará ya negra, cuajada.

Aún se alzan cohetes luminosos con paracaídas, que siembran su despiadada luz por el campo petrificado, acribillado de cráteres, como un frío paisaje lunar. Bajo mi piel, la sangre suscita pensamientos de terror, de inquietud. Tiemblan; se sobrecogen débiles; quieren vida, calor. No pueden resistir, sin consuelo ni engaño se enmarañan ante el desnudo espectro de la desesperación.

Oigo un ruido metálico de ollas de campaña, y al punto me domina un vivo deseo de comer algo caliente. Me hará bien, me calmará. Pero debo quedarme; es forzoso que me quede hasta el relevo.

Después me hundo en el subterráneo, me encuentro con una marmita de sopa. Está preparada con grasa, y es sabrosa. Me la como despacio. Y en silencio, aunque los otros están ahora de mejor humor, puesto que el fuego se ha calmado.

* * *

Pasan los días, y cada hora es incomprensible y, con todo, natural. Alternan los ataques con los contraataques. Lentamente se van amontonando los cadáveres en el campo de embudos que se tiende entre las trincheras. A los heridos que cayeron algo cerca podemos recogerlos, generalmente. Pero algunos permanecen allí mucho tiempo y les oímos morir.

A uno de ellos andamos buscándolo durante dos días. Debe estar tumbado boca abajo y no podrá volverse; de otro modo, no se explica que no le hallemos. Porque cuando se grita con la boca pegada al suelo, es muy difícil averiguar la dirección del grito.

Quizá le tocó un mal tiro, alguna de esas heridas traidoras; no tan graves para debilitar con rapidez el organismo hasta producir, medio desmayado, una muerte; no tan leves, con todo, que pueda uno soportar los dolores con la esperanza de curar. Kat cree que el herido tendrá la pelvis destrozada, o un balazo en la columna vertebral. El pecho no estará herido, porque le queda bastante fuerza para dar gritos. Y si tuviese otra herida, le veríamos moverse.

La voz enronquece poco a poco. La voz suena de tal modo, que, desgraciadamente, podría brotar de cualquier parte. La primera noche sale en su busca, por tres veces, gente de nuestro grupo; pero cuando creen haber hallado la dirección, y ya se acercan, arrastrándose, la voz, al próximo grito, suena por otra parte.

Buscamos en vano hasta el amanecer. De día enfilamos los anteojos por el terreno. Nada se descubre. Al segundo día, grita el herido con voz más baja; se advierte que sus labios, su garganta, están secos.

Nuestro teniente ha prometido, al que lo encuentre, preferencia en los permisos y un aumento de tres días de licencia. Poderoso atractivo: pero sin él haríamos también lo que pudiésemos, porque esos gritos nos horrorizan. Kat y Kropp salen - hasta por la tarde - una vez más. A Alberto le arranca un balazo el lóbulo de la oreja. Es en vano. Vuelven sin el herido.

Y eso que se entiende claramente lo que grita. Al principio sólo pedía socorro... A la segunda noche debió de tener algo de fiebre, porque hablaba con su mujer y con sus hijos. Muchas veces oímos con claridad el nombre de "Elisa". Hoy sólo llora. Al oscurecer se debilita su voz; se reduce a un graznido. Pero sigue quejándose apagadamente durante toda la noche. Lo oímos bien, porque el viento viene en dirección de nuestra trinchera. A la mañana cuando creíamos que ya había encontrado su reposo, hace rato, otra vez suena la voz: ya sólo el último estertor.

Son calurosos los días, y hay cadáveres insepultos. No podemos buscarlos a todos. No sabemos qué hacer con ellos. Los entierran las granadas. A algunos se les infla el vientre como un globo. Producen ruidos sordos, eructan, se mueven. Dentro de ellos trabajan los gases.

El cielo está azul, sin nubes. A la noche hay bochornos. Fluye el calor de la tierra. Si el viento llega en nuestra dirección, arrastra consigo el vaho de la sangre, un vaho que pesa, que sabe a un dulce repugnante. Exhalaciones de los embudos que parecen mezcladas de cloroformo y podredumbre, que nos producen mareos, vómitos.

* * *

Por las noches hay calma. Comenzamos a buscar anillos de cobre de granadas, paracaídas de seda de cohetes luminosos franceses. Nadie sabe, en verdad, por qué tenemos en tanta estima esos anillos de las granadas. Los coleccionistas afirman sencillamente que esos anillos tienen mucho valor. Hombres hay con tal carga de ellos, que andan encorvados, torcidos, al volver a las posiciones de segunda línea.

Haie, al menos, apunta una razón: quiere enviarlos a su novia, como ligas. Los de Frisia se empiezan, naturalmente, a reír de eso a carcajadas; se golpean las rodillas. ¡Un buen chiste! ¡Maldito Haie! Es un zumbón. Tjaden, especialmente, ya no puede resistir la risa. Lleva en la mano el anillo mayor, y a cada momento mete la pierna en él para mostrar cuánto espacio queda aún libre.

- ¡Vaya, Haie, ésa sí que tendrá buen muslo! - los pensamientos van subiendo. - ¡Y la grupa!... Seguramente la tiene como, como... un elefante.

- No se sacia.

- ¡Con ésa me gustaría jugar a darle golpecitos en las nalgas, por mi salud!

Haie se envanece por el éxito de su novia. Contento de sí mismo, dice, lacónico:

- Sí, tiene lo suyo.

Los paracaídas de seda tienen aplicaciones más útiles. Con tres o cuatro ya puede hacerse una blusa, según la medida del pecho. Kropp y yo los usamos como pañuelos. Otros los envían a sus casas. Si las mujeres se diesen cuenta del peligro con que a veces se buscan estos trapos delgaditos... ¡qué inquietud!

Kat sorprende a Tjaden, que, tranquilamente, intenta quitar a martillazos los anillos de una granada sin estallar. Si se tratase de otro, hubiera explotado la granada; pero Tjaden es el hombre de la misma suerte.

Toda una mañana están dos mariposas jugueteando por delante de nuestra trinchera. Son dos mariposas amarillas: sus alillas llevan puntitos rojos. ¿A qué habrán venido por aquí, si no hay una flor, si no hay una planta en el contorno? Se posan en los dientes de una calavera. Son tan despreocupadas como los pájaros, que ya hace tiempo se acostumbraron a la guerra. Cada mañana cruzan alondras entre los frentes. Hace un año llegamos a observar que algunas estaban incubando sus huevos y que después alimentaban felizmente sus crías.

A la noche se escucha de nuevo el rodar de allí enfrente. Por el día sólo tenemos el fuego ordinario; de modo que podemos reparar las trincheras. No nos faltan diversiones, porque los aviadores se encargan de procurarlas. Diariamente hay público ante las batallas aéreas muy frecuentes.

De los aviones de combate no nos preocupamos; pero a los aparatos de observación les odiamos como a la peste, porque nos traen para acá el fuego de la artillería. Minutos después de aparecer, van cayendo los "shrapnells" y las granadas. Por ellos perdemos once hombres en un solo día; entre ellos, a cinco enfermeros. Dos quedan tan desmenuzados, que dice Tjaden:

- Se podrían coger con una cuchara de la pared de la trinchera y enterrar en una marmita.

A otro le arrancan las piernas con el bajo vientre. Descansa muerto, con el pecho en el fondo de la zanja. Su cara es amarilla, como el limón; aún conserva entre su barba el pitillo encendido. Se sigue consumiendo, hasta que se apaga en los labios con un leve chasquido.

Por lo pronto, instalamos a los muertos en una gran fosa abierta por la explosión de una mina. Hasta hoy van tres filas, una sobre la otra.

* * *

De pronto comienza otra vez a martillear el fuego. Pronto estamos de nuevo sentados, con la tensión angustiosa del que espera inactivo.

Ataque, contraataque. Ofensiva, contraofensiva. He aquí unas palabras; pero ¿qué es lo que encierran? Perdemos mucha gente, sobre todo reclutas. Se incorporan a nuestro sector individuos del nuevo reemplazo. Uno de los nuevos regimientos. Son casi todos muchachos jóvenes de la recluta de los últimos años; apenas conocen la táctica militar; quizá sólo teóricamente han podido hacer ejercicios de combate antes de venir aquí. Saben qué es una granada de mano; pero no tienen idea de cómo hay que aprovechar el terreno como defensa. Comienzan por no verlo. Una ondulación del suelo ha de ser de medio metro de altura para que ellos lleguen a darse cuenta.

Aunque urgentemente nos faltan refuerzos, los reclutas nos dan casi más trabajo que provecho. Vienen sin recursos a esta zona de violentos ataques; caen como moscas. La lucha de posiciones de hoy exige conocimientos, experiencia. Hay que tener ojo para conocer el terreno; oído para los proyectiles, para sus ruidos y consecuencias; hay que saber de antemano dónde caerán, como se esparcirán los cascos, cómo habrá que agazaparse. El reciente reemplazo casi nada sabe de esto, naturalmente. Es hecho trizas, porque apenas sabe distinguir un "shrapnell" de una granada. Caen segados los hombres, porque atienden, miedosos, al aullido de las grandes granadas, nada peligrosas, porque estallan muy atrás, y no escuchan el zumbido bajo, vibrante, de la pequeña metralla que viene estallando a ras de tierra. Se apretujan entre sí, como ovejas en un rebaño en vez de esparcirse. Los mismos heridos caen como liebres, bajo los proyectiles de los aviadores.

¡Estas pálidas caras de comer remolacha; estas manos débilmente crispadas, este valor miserable de los pobres muchachos, que, a pesar de todo, avanzan y atacan; estos pobres y valientes muchachos tan tímidos, que no se atreven a gritar alto, y con el vientre o el pecho desgarrados, gimen calladamente llamando a su madre y enmudecen si alguien los mira!

Sus rostros púberes, flacos, tienen al morir la espantosa falta de expresión de unos cadáveres de niños.

Se siente un ahogo cuando se les ve levantarse, correr, caer. Uno quisiera darles un palo por tontos; uno quisiera cogerlos en brazos y sacarlos de aquí, donde nada tienen que ver. Llevan sus guerreras, sus pantalones grises, sus botas; pero a casi todos les viene demasiado ancho el uniforme; les cuelga por todas partes; los hombros son demasiado estrechos, los troncos demasiado mezquinos... No había uniformes a la medida de estos cuerpos de niños.

Por un veterano que cae, mueren de cinco a diez reclutas.

Un inesperado ataque de gases se nos lleva a muchos. No tenían idea de lo que les esperaba. En un subterráneo tropezamos con muchos de ellos, todos con el rostro azulenco, con los labios negruzcos. En un foso se quitaron demasiado pronto las mascarillas. Ignoraban que el gas se mantiene por más tiempo en el fondo. Cuando vieron por arriba otros ya sin mascarillas se las arrancaron también ellos, y aún tragaron el suficiente gas para quemarse los pulmones. Su estado es desesperante. Se ahogan entre vómitos de sangre, entre ataques de disnea, hasta que mueren.

* * *

De pronto me veo frente a Himmelstoss, en el mismo trozo de trinchera. Nos agachamos, nos hundimos en el mismo subterráneo. Allí están todos tumbados, sin respirar, esperando la señal de comenzar el ataque.

En medio de mi excitación me acomete, al correr fuera, un pensamiento. No veo más a Himmelstoss. Rápidamente salto otra vez al subterráneo, me lo encuentro tumbado en un rincón, con un balazo que apenas le rozó la piel, simulando estar herido gravemente. Parece por su cara como si le hubiesen apaleado. Sufre un ataque de pánico. Verdad es que él también es nuevo aquí. Pero esto me enfurece; pensar que el reemplazo más joven esté ahí fuera e Himmelstoss aquí.

- ¡Fuera! - le digo, rabioso.

No se mueve. Le tiemblan los labios, se le estremece el bigote.

- ¡Fuera! - repito.

Encoge las piernas, se apretuja contra la pared, me enseña los dientes como un perro.

Le cojo del brazo y quiero levantarlo a la fuerza. Da un grito lastimero. Los nervios se me crispan; le agarro del cuello; le sacudo como un talego - la cabeza le baila, como la de un pelele; - le grito en la misma cara:

- ¡Canalla! ¿Quieres salir, o no?, ¡Perro maldito, verdugo, quieres escurrir el bulto!

Es vidriosa su mirada; arrojo su cabeza contra la pared.

- ¡Bestia!

Le doy un puntapié en el costado.

- ¡Cochino!

De un empujón le lanzo fuera.

Arriba pasan nuevas filas. Viene un teniente con ellas. Nos ve y grita:

- ¡Adelante, adelante! ¡Vengan con nosotros, vengan con nosotros!

Y lo que no logró mi paliza, lo logra esta llamada. Himmelstoss oye a su superior, mira en torno, como despertándose, y avanza con ellos.

Les sigo y le veo saltar. Ahí está de nuevo el enérgico Himmelstoss del patio del cuartel. Ya ha alcanzado al teniente y marcha muy delante de él.

* * *

Fuego graneado, fuego por ráfagas, fuego a discreción, minas, gases, tanques, ametralladoras... Palabras, palabras. Pero encierran todo el horror del mundo.

Llevamos la cara como cubierta de una costra; están nuestras ideas mutiladas; nos sentimos indeciblemente cansados... Si llega el ataque es preciso reanimar a alguno a puñetazos; para que despierte y avance con los demás. Están hinchados los ojos, desgarradas las manos; sangran las rodillas, los codos están destrozados.

¿Pasan semanas, meses... años... ?

Días, sólo días. Vemos huir de nuestro lado el tiempo en las caras exangües de los moribundos. Atropelladamente nos metemos en el cuerpo la comida. Corremos, disparamos, matamos, nos tendemos, nos sentimos débiles, apáticos... Y sólo esto nos sostiene: ver que hay aquí seres más débiles, más apáticos, más necesitados de ayuda; que nos miran con ojos muy abiertos, como a dioses que por un azar han podido salvarse tanto tiempo de la muerte.

En las pocas horas de relativa calma les instruimos.

- ¿Ves allí ese chisme ambulante? Es una mina, que viene arreando. Quédate aquí tranquilo, se va para allá. Pero si viniese para acá, lárgate volando. Si se corre, puede uno escapar.

Les adiestramos los oídos para oír el silbido de esos menudos proyectiles que apenas hacen ruido; hay que aprender a distinguirlos, como el zumbido de una mosca, entre el estruendo infernal; les decimos que éstos son más peligrosos que los gordos, que se oyen mucho antes. Les demostramos cómo puede uno esconderse de los aviadores, cómo puede uno hacerse el muerto, si pasa un ataque por encima; cómo se prepara una granada de mano para que estalle medio segundo antes de caer... Les enseñamos a dejarse caer como un rayo en los embudos, si viene una granada rompedora; les demostramos prácticamente cómo se limpia un trozo de trinchera con un manojo de granadas de mano; explicamos la diferencia de tiempo en estallar de las granadas de mano enemigas y las nuestras; llamamos su atención sobre el ruido de las granadas de gas, que se abren, y les adiestramos en todos los trucos que pueden salvarles de la muerte.

Escuchan, están obedientes... Pero cuando la cosa va de veras, lo siguen haciendo mal, generalmente por su emoción.

A Haie Westhus le traen allí con la espalda abierta. A cada latido se le ve el pulmón por la herida. Aún le puedo apretar la mano...

- ¡Se acabó, Pablo! - gime, y se muerde el brazo de dolor.

Vemos vivir a unos hombres que han perdido parte del cráneo; vemos correr a soldados que llevan mutilados ambos pies y siguen andando a tropezones, deshaciéndose los muñones, hasta el próximo agujero; un cabo se arrastra dos kilómetros a gatas, con las rodillas destrozadas; otro va andando a la ambulancia reteniéndose los intestinos, que se asoman cada vez más por encima de sus manos... Vemos hombres sin boca, sin mandíbula, sin cara. Uno se aprieta con los dientes, durante dos horas, la arteria de un brazo para no acabar de desangrarse... Se alza el sol, viene la noche, silban las granadas, ha terminado la vida.

Pero este poco de tierra removida en que permanecemos se ha sostenido contra unas fuerzas muy superiores. Sólo se han cedido unos pocos centenares de metros. Pero por cada metro hay un cadáver.

* * *

Nos relevan. Bajo nuestros pies giran las ruedas del camión. Estamos de pie, como embobados. Si se oye el grito "¡Cuidado! ¡Alambre!", doblamos las rodillas. Era verano cuando pasamos por aquí; los árboles estaban aún verdes, ahora ofrecen un aspecto otoñal, y la noche es gris, húmeda.

Hacen alto los camiones. Bajamos. Un montón confuso, un residuo de muchos hombres.

A los lados, en la sombra, hay gentes. Gritan números de regimientos, de compañías. A cada voz se destaca un grupo, un pobre grupo, un insignificante grupito de soldados sucios, pálidos. Un grupito terriblemente pequeño, un residuo terriblemente pequeño.

Alguien grita ahora el número de nuestra compañía. Es él, lo oímos; es el comandante. De modo que ha salido con vida. Lleva el brazo en cabestrillo. Nos acercamos a él. Reconozco a Kat, a Alberto. Nos juntamos, nos apoyamos uno en otro, nos contemplamos.

Y otra vez, otra vez oímos gritar nuestro número. Puede gritar por mucho tiempo. No le oirán en los hospitales, en los fosos.

De nuevo:

- ¡Segunda compañía! ¡Aquí!

Luego, más bajo:

- ¿No hay nadie más de la segunda compañía?

Calla. Su voz se enturbia, cuando vuelve a preguntar:

- ¿Estos son todos?

Y ordena:

- ¡Numerarse!

La mañana es cenicienta. Era aún verano cuando salimos. Íbamos entonces ciento cincuenta hombres. Ahora tenemos frío. Es otoño; crujen las hojas secas; revuelan las voces, fatigadas.

- Uno... Dos... Tres... Cuatro...

Silencio al llegar a treinta y dos. Un prolongado silencio antes de que la voz se oiga de nuevo.

- ¿Nadie más?

Y espera. Después, dice en voz baja:

- Por grupos.

De repente se calla; apenas puede terminar:

- Segunda compañía...

Hace un esfuerzo:

- Segunda compañía... ¡Mar!

Una fila, una fila muy corta, marcha hacia el amanecer.

Treinta y dos hombres.